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ELECCIÓN PRESIDENCIAL
Señor Director:
La elección presidencial de ayer me impresionó como un verdadero festival institucional-democrático con manifestaciones inéditas en este sentido, humanas y verbales. El segundo centenario de nuestra emancipación no puede estar mejor augurado con el espectáculo cívico-político antes referido. Me evoca el inicio de nuestro nacimiento como nación independiente, en que los criollos comprometidos en ello configuraban como una gran familia de apelativo común de patriotas.
Los avatares de nuestra historia nos fueron derivando, desgraciadamente, a extremos suicidas de convivencia, con enfrentamientos cada vez mayores y una autodestrucción generalizada, a un punto hoy inimaginable: el que hubiera habido la necesidad de reformar la Constitución para consagrar un Estatuto de Garantías que debía cumplir el nuevo gobierno para asegurar nuestra supervivencia como Estado libre y soberano.
Esta salud democrática y jurídica demostrada ayer hace confirmar la valoración de la gesta cumplida por nuestras Fuerzas Armadas y Carabineros, a petición de los representantes legítimos del pueblo y en cumplimiento de su misión específica como órganos del Estado. El 11 de septiembre de 1973, en el Acta de Constitución de Gobierno, con que se inició, se comprometieron a restaurar la chilenidad e institucionalidad quebrantadas por efecto de la "intromisión de una ideología dogmática y excluyente inspirada en los principios foráneos del marxismo-leninismo". Y lo cumplieron a cabalidad, con los quebrantos y sufrimientos inevitables que trae todo empleo de la fuerza, muchos de ellos, como siempre acaece en casos graves, sin duda excesivos o evitables. Pero no puede dejar de reconocerse, sin embargo, que el dolor tiene un efecto purificador y de estímulo a la enmienda.
La Concertación tiene sin duda el mérito de haber sabido administrar este último efecto con actos de renovación, unión y rectificación que permitieron superar la convalecencia del país y perfeccionar la praxis de nuestra vida republicana.
Pero tras estas consideraciones generales, no puede negarse que como sello de agua indeleble aparece la imagen preterida del general Augusto Pinochet Ugarte, conductor superior del proceso de restauración, cuya entrega total y no habiendo mirado atrás después de poner sus manos en el arado, devolvió a Chile, con un temple superior y contra el mundo, las condiciones básicas y sólidas de su recuperación patriótica e institucional quebrantadas. La historia seria tendrá que imponerse así a la aberración de lógica y de verdad que han impuesto los inspiradores de la mortal crisis precedente para circunscribir "sin contexto" el período 1973-1990 como premisa excluyente para su acción de descrédito de la misión cumplida por las Fuerzas Armadas y Carabineros.
SERGIO RILLON
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