Santiago, Enero de 2007

INFORME PUBLICO Nº1, 2007

 

H O M E N A J E     A L     P R E S I D E N T E     P I N O C H E T

AL MOMENTO DE PARTIR...

 

    El funeral del Presidente Augusto Pinochet, realizado el 12 de diciembre de 2006, representó uno de los fenómenos sociales más impresionantes de la historia reciente de nuestro país. Miles de chilenas y chilenos de todas las edades y condiciones sociales quisieron acompañarlo para rendirle un homenaje y despedir al hombre que levantó a nuestro país desde las profundidades de la más grave crisis institucional, moral y política de su historia.

    Lo que quedó en las imágenes y en el corazón de una enorme cantidad de ciudadanos fue una despedida solemne, emotiva y multitudinaria en el marco físico del alma mater de nuestro Ejército, la Escuela Militar. En las calles aledañas, la gente acompañó con recogimiento y dolor la partida de quién fuera calificado por el presidente de nuestra Fundación como el “arquitecto del nuevo Chile”.

    En medio de representantes de las Fuerzas Armadas y de Orden, cubierto por la bandera nacional y la banda presidencial con que gobernara a su Patria y acompañado por millones de chilenas y chilenos que siguieron la ceremonia fúnebre en el lugar de su realización o por medio de la televisión -que trasmitió las exequias en directo- Chile dijo adiós al hombre, al soldado y al estadista.

 

    Hemos querido reproducir a continuación el discurso de despedida pronunciado en la ocasión por el Presidente de la Fundación Presidente Pinochet, Hernán Guiloff Izikson y el que pronunciara, a nombre de los colaboradores del ex mandatario, el ex ministro del Interior Carlos F. Cáceres Contreras. Al hacerlo, nuestra entidad busca preservar los conceptos fundamentales expresados en esa histórica ocasión, y rendir, de este modo, un permanente y merecido homenaje a uno de los hombres más excepcionales que ha producido nuestro querido país.

Luis Cortés Villa
Director Ejecutivo


 

Discurso del Presidente de la Fundación Presidente Pinochet, Hernán Guiloff Izikson, en el funeral del Ex Presidente de la República Augusto Pinochet Ugarte

 

Hemos venido a despedir a uno de los hijos más notables de esta patria que amamos.

Traemos en nuestras palabras los latidos de millones de corazones de chilenas y chilenos sencillos, que desde el desierto minero hasta la Villa Las Estrellas, rinden hoy su homenaje sincero al hombre que cambió la Historia de este Chile que, en sus propias palabras, amó más que a su propia vida.

Tenemos aún en nuestras retinas los rostros de miles y miles de jóvenes, de mujeres y de hombres que, soportando largas horas al sol, han estado aquí, en esta gloriosa Escuela Militar, con el solo propósito de dar un testimonio de coraje y lealtad con un hombre que saben se jugó, hasta el último instante de su vida, por la causa de Chile y de su grandeza.

 

 

Con el alma henchida por la emoción, he visto en estas horas a recios hombres que visten el uniforme de nuestras Fuerzas Armadas y de Orden, derramar una lagrima por el camarada que ha partido; por el líder que dio su última batalla con la dignidad de su alcurnia de soldado, con el estoicismo propio de los hombres Superiores.

El homenaje multitudinario que Chile le ha otorgado al presidente Pinochet no necesitaba de las leyes ni decretos, porque se asienta en algo que no se compra ni se vende: en los valores del espíritu, en el alma en que creemos los que creemos y en la fe, que mueve las montañas y es capaz de producir los fenómenos sociales como el Chile ha vivido en esas ultimas horas.

¡Que ingenuidad la de quienes pudieron pensar que mediante un modesto y burocrático acto de autoridad, podría ocultase o bajarse el perfil al cariño que millones de chilenas y chilenas sentimos por el presidente Pinochet!.

En esta hora histórica, presidente Pinochet, con el cariño y el respeto que se dispensan los amigos, quiero decir al hombre, al ser humano que habito atrás del gigantesco personaje que usted fue, que puede partir tranquilo, con la convicción absoluta y cabal de que su misión de levantar a su patria se cumplió y que Chile sigue siendo Chile, en parte importante, porque, enfrentando a asumir sus responsabilidades no las rehuyó y las asumió con valentía y nobleza.

 

    En estas horas de dolor, queremos recordar al presidente Pinochet como lo que fue; el arquitecto del nuevo Chile, al hombre que se adelanto a la historia, el gobernante que tuvo la intuición y el coraje para implementar en Chile la revolución de las libertades y que construyo un nuevo país desde las ruinas y cenizas, para transformarlo en lo que algunos han llamado “la perla del continente americano”.

    Nos consuela saber que así como debió pagar con su propio sacrificio y el de su familia el haber enfrentado a sus variados y poderosos detractores, también en estos años tuvo a su lado a muchas personas que lo quisieron y admiraron, y que le expresaron su adhesión y su cariño.

    Hace solo pocas semanas, en un almuerzo ofrecido con motivo de su ultimo cumpleaños, el presidente agradeció a sus amigos las muestras de afecto y, como presintiendo lo que se avecinaba, en medio de la emoción, nos conmovió diciéndonos solemnemente, “Juro por la memoria de mi madre que jamás, nunca he, cometido un acto indebido del que deba avergonzarme”.

    Tanta razón tenía, tanta convicción moral había en estas palabras históricas, que a pesar de décadas de constante hostigamiento judicial –tanto nacional como extranjero- nunca recibió condena alguna porque le asistía la verdad de ser un hombre de bien, condición que mantuvo a pesar de los duros ataques a que fue sometido.

 

 

 

Su legado permanecerá para las futuras generaciones, porque cuando los pueblos encuentran el camino de la libertad, no existe fuerza humana capaz de desandar lo ya logrado y porque construyó este nuevo Chile en la roca sólida en que se asientan los grandes proyectos con que avanza la Humanidad.

En estas horas, mucho se ha hablado de la obra económica y social del Presidente Pinochet, y tienen razón quienes la destacan.

También hoy, incluso muchos de sus críticos más enconados, reconocen la hombría y la hidalguía de entregar el poder democráticamente al sucesor que el pueblo eligió y contribuir a la transición de una manera responsable y comprometida, y también tienen razón en valorar esta conducta patriótica.

Otros recuerdan, también con justicia, que evitó con serenidad de estadista dos guerras que habrían sido cruentas y dolorosas y que nos enseñó a mirar con nuevos ojos nuestra Tierra Austral.

Todo eso es verdad y es justo reconocerlo.

Pero hay una obra del Presidente Pinochet que aún no ha sido suficientemente destacada. Su capacidad de convocar al servicio público a una nueva generación de chilenos, que imbuidos del más genuino espíritu de servicio, dejó abandonadas las cómodas posiciones del sector privado, para dedicarse a servir a sus semejantes, sin más recompensa que la satisfacción de aliviar el dolor de los que sufrían y de los que nada tenían.

 

 

Esos hombres y mujeres, que hoy constituyen la reserva intelectual y profesional de nuestro país, son el fruto de la confianza del Presidente Pinochet en la juventud y, a no dudarlo, representa uno de sus legados más valiosos para el presente y el futuro de la Patria.

Presidente Augusto Pinochet:

Se han cerrado tus ojos, en medio del amor de tu familia, del cariño de tus camaradas de armas, del afecto de gran parte de tu pueblo.

Tu memoria vivirá para siempre en nuestros corazones y serás recordado en las minas del norte; por los hombres que cultivan la tierra generosa de nuestros valles centrales; por los chilenos que desafían cada día nuestros mares y desiertos; por los que hacen Patria en los gélidos territorios de nuestra Tierra Austral.

Vivirán tus huellas en las sequedades de tu Iquique tan amado; se sentirá tu espíritu en los senderos de la Ruta Austral; se apreciará tu legado en las fábricas de las grandes ciudades como Santiago o Concepción; te llamarán los vientos de tu natal Valparaíso; te llorarán los hombres y mujeres de tu Chile. En fin, te recordaremos siempre

 

 

 

Su legado permanecerá para las futuras generaciones, porque cuando los pueblos encuentran el camino de la libertad, no existe fuerza humana capaz de desandar lo ya logrado y porque construyó este nuevo Chile en la roca sólida en que se asientan los grandes proyectos con que avanza la Humanidad.

En estas horas, mucho se ha hablado de la obra económica y social del Presidente Pinochet, y tienen razón quienes la destacan.

También hoy, incluso muchos de sus críticos más enconados, reconocen la hombría y la hidalguía de entregar el poder democráticamente al sucesor que el pueblo eligió y contribuir a la transición de una manera responsable y comprometida, y también tienen razón en valorar esta conducta patriótica.

Otros recuerdan, también con justicia, que evitó con serenidad de estadista dos guerras que habrían sido cruentas y dolorosas y que nos enseñó a mirar con nuevos ojos nuestra Tierra Austral.

Todo eso es verdad y es justo reconocerlo.

Pero hay una obra del Presidente Pinochet que aún no ha sido suficientemente destacada. Su capacidad de convocar al servicio público a una nueva generación de chilenos, que imbuidos del más genuino espíritu de servicio, dejó abandonadas las cómodas posiciones del sector privado, para dedicarse a servir a sus semejantes, sin más recompensa que la satisfacción de aliviar el dolor de los que sufrían y de los que nada tenían.

 


DISCURSO PRONUNCIADO EN EL FUNERAL DEL PRESIDENTE AUGUSTO PINOCHET
( 1915 - 2006 )

Carlos F. Cáceres C.

 

    Con profundo recogimiento a nombre de los colaboradores, ministros y subsecretarios del Gobierno que encabezara el Presidente Augusto Pinochet Ugarte expreso hoy día, en la ceremonia de sus funerales, nuestros sentimientos de tristeza, de afecto y de gratitud.

   Fue para todos nosotros un privilegio el haber colaborado en las tareas de Gobierno del Presidente Augusto Pinochet. Cada uno de nosotros sintió que su convocatoria obedecía a su íntimo propósito de integrar un grupo humano de civiles y militares que se sintieran partícipes de su profunda vocación de servicio al país. No hubo dudas ante esa solicitud. Nos comprometimos con la noble misión de restaurar desde los cimientos el auténtico sentido de nuestra historia Patria.

    Cuando el Presidente Pinochet asume, en primera instancia el cargo de

 

Presidente de la Junta de Gobierno, él y sus camaradas de armas proclaman al país que el objetivo principal del Gobierno será establecer en Chile las condiciones para el imperio de una sociedad de libertades. Había en él plena conciencia que la razón última que había llevado a las Fuerzas Armadas y de Orden a aceptar las demandas de la ciudadanía tenía su explicación no sólo en el caos reinante sino en una larga trayectoria de vida cívica en la cual un creciente estatismo había cercenado las libertades individuales.

Se asume en ese momento el compromiso de trascendencia de transformar al país en sus estructuras políticas, económicas y sociales, todas ellas enraizadas en el valor moral de la libertad.

Al cumplirse seis meses de Gobierno, en marzo de 1974, en su calidad de Presidente de la Junta de Gobierno, da a conocer el conjunto de principios que

 

servirá como fundamento a su mandato. La Declaración de Principios establece que el hombre tiene derechos que son anteriores y preeminentes al Estado y que a éste le corresponde garantizarlos en todos sus ámbitos. Surge allí el principio rector de su acción. El principio de la subsidiariedad, que señala que la responsabilidad individual siempre debe preceder a la responsabilidad global. Es el individuo el que está dotado de capacidades y facultades para asumir las responsabilidades que le son propias, el Estado deberá resguardar ese ámbito y ejercer las políticas para hacer posible el acceso a una igualdad de oportunidades en un marco de orden jurídico y de seguridad nacional. Como una derivación del orden de la subsidiariedad emerge el requerimiento de cautelar el derecho de propiedad y sobre él descansa el ejercicio de la libre iniciativa. Se genera así el adecuado vínculo para la presencia de una armonía social en que el orden económico se entrelaza con el orden político y ambos se sustentan en el orden de la moral.

Quienes colaboramos con él tuvimos la ocasión de apreciar por sobre todas las cosas su profundo amor a la Patria, su arraigado sentido religioso y su incansable compromiso con los valores permanentes de Chile. Augusto Pinochet fue un hombre de excepción, de esos que son capaces de encarnar el espíritu de una Nación. Su formación de soldado, dispuesto a los mayores sacrificios en beneficio del país se manifestó claramente en su acción de gobernante. No hubo dualidad, sí hubo un pensamiento integrador que ilustró cada una de sus acciones.

Ese carácter quedó registrado en cada una de las etapas de su Gobierno. Sobre ello no hubo contemplaciones ni
 

tampoco autocomplacencias. Como toda acción de Gobierno ésta tuvo momentos de expectativas, de realizaciones, y también de frustraciones y desazones, pero como auténtico conductor jamás se alejó de los objetivos centrales y supo tanto amainar las tempestades como también no satisfacerse en los mares de la tranquilidad. Su visión de auténtico estadista lo hacía mirar a Chile como una sociedad aunada en propósitos, en pensamientos y en acciones, reconociendo que en la diversidad podían surgir puntos de encuentro en aspectos sustantivos. En momentos difíciles cuando las crisis externas golpearon con severidad al país y en muchos cundía el desánimo y la confusión, el Presidente Pinochet mantuvo con valentía y visión de futuro su lealtad con los compromisos de libertad y justicia social en los que siempre creyó. Con esa misma valentía, visión y prudencia le evitó a Chile lo que habría sido una tragedia de consecuencias insospechadas: la guerra con Argentina, en esos dramáticos días el Presidente Pinochet supo dirigir con maestría los destinos del país y la insensatez de la guerra se alejó de nuestras fronteras.

Bajo su administración tuvo que enfrentar situaciones de extremismo, de violencia política y de agresión terrorista que llevaron al país a circunstancias de beligerancia que dejan secuelas sólo de división y dolor.

Con fidelidad a la convocatoria que hiciera el pueblo de Chile a las Fuerzas Armadas y de Orden supo integrar al país y generar las condiciones para una sostenida prosperidad.

La obra modernizadora del Gobierno Militar que encabezara el Presidente Pinochet está hoy presente. Lo cierto es que él es el padre de la modernización de Chile. La apertura comercial, las

 

privatizaciones, el orden macroeconómico, la reforma fiscal y tributaria, las reformas a la seguridad social, a la salud y la educación y la política social focalizada hacia los más pobres y destinada a acrecentar su posibilidad de generación de ingresos quedan todos ellos registrados como aspectos decisivos y diferenciadores de su Gobierno. No podemos dejar de mencionar que las bases de las políticas sociales focalizadas en los más pobres se sentaron en su gobierno: el énfasis en la atención primaria de salud, el subsidio a la vivienda y el fin de la desnutrición infantil, entre muchos otros logros, son frutos de su visión. Los fundamentos de la transformación que él llevara adelante no han sido conculcados porque ellos descansan en lo que él en forma pionera observara en los años 70 y que hoy constituye un activo importante en la sociedad occidental: abrir los espacios al ejercicio de la responsabilidad y la libertad individuales con la presencia de un Estado de Derecho que observa y custodia los valores esenciales de una democracia que tiene sentido como forma de Gobierno como forma de vida.

Ejerció el mando y le gustaba hacerlo porque tenía las condiciones de carácter y personalidad para derivar de una autoridad moral una de tipo formal e informal, la cual siempre ilustró con un conocimiento de la historia y con una visión de proyección y perspectiva. Apreciamos en él el sentido de la necesidad de un orden social que en función de jerarquías naturales y formales generara esa red virtuosa en la cual se da la alternativa de entregar el mayor potencial individual. No escatimó esfuerzos para dejar plena constancia de su entrega al servicio del país. Y ello quedó claramente demostrado en el sacrificio que se impuso en su tarea de gobernante. Chile siempre estuvo
 

primero y todo fue subordinado a esa vocación de generosa entrega a la Patria.

Las realizaciones del Gobierno Militar que él encabezara están extendidas a lo largo del país y la historia habrá de recoger en plenitud la transformación radical que experimentó Chile en cada uno de los ámbitos de su vida económica. Al generar las condiciones para llevar adelante la capacidad de emprendimiento en la referencia de garantías esenciales, abrió los caminos para que tras ese avance estructural se dieran las condiciones de una prosperidad que alcanzara a todos los ciudadanos.

Los logros en materia económica permitieron cambiarle el rostro al país, básicamente porque cambió también la mentalidad de los chilenos en el sentido de apreciar que es el esfuerzo personal motivado por la libertad y la responsabilidad el que conduce al sostenido bienestar.

La herencia del Gobierno del Presidente Pinochet no se limita al modelo de libertad económica, su legado abarca todos los ámbitos donde se despliega la libertad de las personas. Su visión de estadista lo lleva a reconocer la necesidad de la presencia de instituciones que le dieran permanencia y continuidad a su importante obra de modernización. No sólo era imprescindible el reordenamiento económico era también indispensable perseverar en un orden político que estableciera las garantías esenciales para una auténtica sociedad de libertades.

Allí está la Constitución Política del año 1980, una carta fundamental que tiene como base aquellos principios que fueran señalados en 1974 como aspectos sustantivos de su Gobierno. Ésta ha sido modificada y perfeccionada incluso bajo su propio mandato, pero sigue siendo la Carta Magna de nuestra convivencia

 

política. Mientras esta norma fundamental siga enraizada en los principios de libertad, autonomías institucionales y equilibrios de poderes que la caracterizan seguirá siendo una de las herencias más destacadas que le ha dejado a las generaciones futuras. El compromiso del Presidente Pinochet fue con la democracia aquella que no se agota en el acto electoral sino que se amplía al ejercicio de las libres decisiones en todas las materias que son de competencia de los individuos. Ese compromiso fue la consecuencia lógica y necesaria de su fe en la libertad y lo cumplió con sabiduría, prudencia, valentía y desinterés personal. Hay, en esa obra fundacional, un legado de principal significación para la vida del país.

Quedaba, sin embargo, la última etapa del proceso, el cumplimiento fiel al compromiso contraído de respetar la Constitución y hacer palpable que jamás estuvo en su mente la búsqueda del poder por el poder. Sometido al veredicto de la ciudadanía que indicó la vuelta a la plenitud de la democracia mostró una vez más nobleza, generosidad y fidelidad. La entrega de los símbolos del mando presidencial constituyen una clara indicación a un sentido de unidad y de continuidad al proyecto del país.

 

 

En verdad el legado del Presidente Pinochet no está sólo en las instituciones y en las modernizaciones está también en las actitudes y en los peligros y amenazas que logró evitar.

Sentimos tristeza, afecto e inmensa gratitud. Tristeza al ver partir a un amigo que nos convocó a ser sus colaboradores y que nos entregó la visión y el apoyo; el afecto por quien mostró la permanente preocupación por nuestra vida personal y nos permitió integrarnos a un orden de familia que apreciamos en cada instante; de gratitud por la notable tarea realizada y por habernos entregado el privilegio de ser sus colaboradores.

Cabe ahora inclinar nuestras cabezas y expresar nuestras condolencias a la señora Lucía, la esposa fiel y abnegada que le entregó el apoyo y la requerida comprensión y a sus hijos y al lado de la oración que elevamos por el descanso de su alma señalar que como colaboradores de su Gobierno nos sentimos herederos de su permanente voluntad de crear en Chile las condiciones que le permitan alcanzar los destinos de una gran Nación.

Querido Presidente Pinochet que el Señor lo reciba en su Santo Reino.


Santiago de Chile, diciembre 12 de 2006

 

 

 


    

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